Abecedario Laiseca

Por Guido Herzovich

La voz y las voces: un modo de ordenar el universo laisequiano desde su propia óptica, en diálogo con sus ficciones. Lo más cerca posible de un Laiseca puro.

 

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A

ARTE. En el local del sindicato, un empleado telefónico empieza a contar una historia “que se me ocurrió para un cuento o una novela”: “Se titula Un Napoleón que fumaba. Rápida síntesis: un millonario joven, llamado Napoleón, compró un planetoide deshabitado de ‘equis’ kilómetros de diámetro y se instaló en él a vivir. Con máquinas carísimas produjo aire, luz, calor, gravedad artificial. Dividió la superficie del cuerpo celeste —de no más de unos pocos cientos de kilómetros cuadrados— en una serie de países arbitrarios y les puso nombres que él mismo inventó. No sé… Francia, por ejemplo —te estoy diciendo un sonido cualquiera…—, Inglaterra, Alemania, Austria, Rusia, Checoslovaquia, Norteamérica…”. Otro telefónico lo interrumpe: “¿Por qué decís nombres de países inventados? Rusia existe —protesta—. (…) ¿Y por qué no ponés todos países que existen en la realidad: Rusia, Soria, Protonia, Protelia, etc.? O que sean todos reales o todos imaginarios. Si ponés Checoesto… no sé qué, Norteamérica, etc., en vez de Rusia, poné, qué se yo: Milanesoria. Pero no Rusia”. El primero, lanzando “un suspiro horrendo”, descarta la objeción: “Mi querido amigo: observo con pesar que no tienes ni la más remota idea del significado de la palabra arte”. (Los sorias, 49)

 

C

COMUNISMO. “El comunismo es una cagada. Porque destruye la variedad”. (Entrevista El Ansia)

 

CH

CHICHI. “‘Chichi’ era una palabra inventada por los tecnócratas. En general significaba ‘mala persona’, pero en realidad su sentido era más amplio”. (LS, 65-6)

 

D

DELIRIO. “Allí, sin darse cuenta, entró en delirio…” (LS, 33): el delirio en Laiseca es la ficción misma, que no se constituye en el acto de establecer una lógica interna que regule la incorporación (transformada, etc.) de los materiales, habilitando, por lo mismo, todo lo cifrada que se quiera, una clave de lectura. Su potencia narrativa, en cambio, toma su fuerza de la ambición de fagocitarse y escupir ante todo esa lógica y esa clave: aniquiliarlas (annihilare: reducirlas a la nada). A veces un paraguas encuentra una máquina de coser sobre una mesa de disección —como en el delirio surrealista—, pero puede pasar también que la tía Rosita encuentre jabones perfumados de jazmín en el baño de un hotel sindical; y no va a ser Laiseca el que venga a oponerse. “En cuanto a las leyes contradictorias —escribía un jurista soria—, son a los fines de dar mayor soltura al juez frente a las distintas figuras del derecho” (LS, 269). ¿Valdrá lo mismo para el lector? “No seas egoísta. Dejá que otros también deliren” (LS, 553). Y un poco más allá: “El delirio es la cosa en sí”. (LS, 566)

 

E

ESTERILIDAD. “El Poder es un enigma, sobre todo para nosotros los dirigentes. Todos los días trabajamos con enmarañadas, laberínticas claves, que es preciso descifrar. Un error de proporciones sería fatal. A veces hay que ser duro y otras no. El problema es cuándo y cómo. Ante la lóbrega confusión del mundo moderno, toda intuición es poca. Usted declara ser escritor. Muy bien, entonces comprenderá si digo que en arte uno debe ser clásico pero al mismo tiempo futurista, innovador. Hace falta un gran criterio para no seguir un camino estético erróneo que conduzca a la esterilidad. A veces uno cree haber descubierto un planeta nuevo (una suerte de novela atonal, pongamos por caso), pero luego comprende años después que, pese a todos los hallazgos, es un camino errado; aunque tenga imitadores, que nunca faltan. Pues bien, con todos los otros órdenes del pensamiento sucede lo mismo” (Carta de Enrique Katel, Kratos de las Lenguas, a Personaje Iseka, LS, 73-4). (Véase también IMAGINACIÓN)

 

F

FICCIÓN. “Soria, en esta novela, tiene el mismo número de poblaciones y accidentes geográficos que en la realidad, como provincia española —nos informa el Conde de la Laguna en nota al pie—. La diferencia consiste en que las distancias entre las localidades, sus tamaños, el caudal de sus ríos y el número de sus habitantes, están multiplicados por tres o por cinco. Por lo demás, se han conservado todos los nombres, tanto de aldeas y ciudades, como de comarcas. En este sentido también la Unión Soviética ha sido respetada íntegramente” (LS, 110). Cachos de cruda realidad en el menjunje abigarrado de la ficción laisequiana: tal vez su ingrediente secreto. “Es como si ese Universo alterado y el actual coincidiesen únicamente en algunos puntos” (LS, 100). En efecto. Es —para decirlo con una metáfora más plebeya— como si la ficción laisequiana fuera una gallina que huye sobre la superficie de la realidad fenoménica: incapaz de prolongar el vuelo, ni de prever donde tendrá que hacer pie, cada impacto es un punto de contacto. Y con todo, la huida de la gallina no es ni súper salto ni vuelo trunco, sino una técnica de desplazamiento con legitimidad propia, para cuya descripción, al igual que para la ficción de Laiseca, carecemos todavía del vocabulario adecuado.

 

G

GRANDEZA (Delirio de). Toda grandeza es delirante; o dicho de otro modo, no hay verdadera grandeza que no proceda de un delirio de. “Somos quienes buscamos el esplendor antiguo. ¡Difícil camino! Pero nada merece tanto la pena de ser intentado”, le escribe el Kratos de las Lenguas a Personaje Iseka, escritor aspirante (LS, 74). La historia humana, en Laiseca, es la historia de sus aspiraciones de grandeza; pero en tanto no obsolece, la grandeza es ahistórica: “La estatua ciclópea de Lenin, en granito gris, como un Tuthankamón soviético” (LS, 207). A diferencia de los animales, decía Marx, el hombre puede producir no en la medida de la necesidad sino en la de la belleza. Para producir en la medida de la belleza, por lo tanto, habrá que hacerlo contra toda necesidad: pero entonces la obra artística, excesiva por definición, será siempre inhumana. El vértigo de la cantidad —que disuelve la distinción entre lo bello y lo sublime— como característica de la belleza moderna: así al menos desde que José Martí hizo de la enumeración la clave de la belleza monumental del puente de Brooklyn. Laiseca, por su parte, “puntualiza que Los sorias es más grande que el Ulysses. Tiene razón, lo ha medido y le lleva (Laiseca a Joyce) una ventaja de 30.000 palabras” (Ricardo Piglia, La civilización Laiseca). “Se le atribuyen a Al Capone 350 asesinatos; pues muy mal hecho: debió haber llegado a los mil. Solamente así lo habría perdonado. (…) Los asesinatos deben encaminarse a las dimensiones de la grandeza, solo así podremos alcanzar las esferas del arte” (Su turno para morir, 60). El siglo XX, el de las grandes utopías de masas, que recibió la Gran Muralla y las pirámides, legará a su vez la obra máxima de su propio sentido de la desproporción: el genocidio masivo. En el cuento “La solución final”, el Teknocraciamonitor de las I doble E se empeña, contra todo argumento práctico, en acumular 1400 millones de cadáveres de asesinatos políticos en una misma grieta bajo la tierra. El “motivo real era la satisfacción de su delirio: llegarse hasta el lugar terraplenado cuando fuese viejito y, cruzando satisfecho los dedos sobre el abdomen, pensar: ‘Esto, lo hice, yo’” (Matando enanos a garrotazos, 70). Así, en efecto, describía Marx el arte, en Los manuscritos económico-filosóficos, como trabajo capaz de escapar a la alienación; es decir, como actividad donde el hombre se realiza: a diferencia del obrero explotado, el artista mira su obra y se dice, casi como el genocida romántico de Laiseca, “Esto soy yo”.

(…)

El artículo entero puede leerse en el número 1 de El Ansia. Comprar la revista aquí.