Cómo armar una molotov

Por Mariana Lerner

Troskos con poder. La extranjería es un estado. Los argentinitos. Personajes a la sombra. Postales del pensamiento. Un nadador. Las formas de la explosión. Y sus ondas expansivas.

 

ferreyra-fotomariana (1)

 

Tuve algunas ideítas…

aún las tengo

Estamos parados en mitad de la calle, en la esquina donde está Carta Abierta, detrás de Verbitsky y el CELS y delante de un grupo que reclama por los desaparecidos japoneses. Estamos en mitad de la marcha. Es 24. El humo rodea este cuerpo que es Ferreyra y erige un fondo que solidifica y licúa las referencias a su alrededor. Federico y yo nos despegamos, junto con Ferreyra, del grupo en el que están Estela, su mujer, y unos amigos suyos. Avanzamos de modo inercial mientras hablamos y voy perdiendo de vista en qué esquina estamos. El humo envuelve los escasos mojones visuales que encuentro: patys, bombos, piernas, fragmentos de pancartas, retratos en blanco y negro, la luz inútil de un semáforo. Hablamos acerca de cómo cuando le das poder a un trosko se convierte en Stalin; de José Seoane, su compañero de base de fines de los ochenta y principios de los noventa (un verdadero militante); de la entrevista que le hizo en 1981 a Horacio Sueldo, candidato a vice de Allende en el 73 y primo de su padre que venía de la Democracia Cristiana, en la que lo chuceaban (teníamos 17 años, estábamos medio calientes) porque proponía una transición a la democracia sin abrir el paquete —sin discutir el tema— de los desaparecidos; de cómo el PO quebró las asambleas vecinales y también de cómo se borró el 20 de diciembre de 2001.

Este cuerpo que es Ferreyra es también un manojo de ideas que funcionan como un estruendo persistente —Hay muchísimas granadas que vienen del pasado con el percutor puesto. Ya van a ir explotando con el tiempo. Mal que les pese a tantos serenísimos. (Piquito de oro)—. Caminamos pero no avanzamos, lo miro a Ferreyra de perfil con su remera azul y sus jeans claritos, las manos en los bolsillos y toda la carga en otro lado, en la escritura: así, tal cual, es el artefacto de belicismo doméstico que las sociedades cultivan en sus entrañas para no perder la promesa de su verdadero destino, la implosión. O, parafraseando a Marx, Ferreyra es una de esas semillas que las sociedades contienen en sí y que engendran su propia destrucción. Viejas promesas sin cumplir y sin morir.

Y a propósito de viejas promesas, ¿crecerá ese estruendo, esa carga, en las tierras un poco áridas del CBC de Sociología de la UBA, donde Ferreyra da clases? Todavía en la Avenida de Mayo, recuerdo un sábado plomizo varios meses atrás: fuimos con Federico a una clase suya y lo vimos pararse en un aula del subsuelo de Ciudad Universitaria y hablar de Weber, Bismarck, el Dalai Lama, la burocratización de las sociedades, la politización del Estado, el inmediatismo de la política, el proceso de objetivación del carisma de un líder. Era el día anterior a las elecciones legislativas de 2013. De repente, el sonido de un televisor ganó el aula, Ferreyra rió y dijo: “Cada aula tiene su maldición”. Quién sabe si ese anonimato hueco de las instituciones podrá prosperar —El futuro es increíblemente recatado. (El director)— en las mentes matinales y resacosas de esas aulas hundidas en la tierra.

Llegamos a una esquina y Ferreyra me señala un grafiti en una persiana metálica de una de las calles perpendiculares —sin Perón no hay patria ni dios—, miro un poco sorprendida, él se ríe, dice: “Sabía que te iba a gustar”. Más cerca de Plaza de Mayo avanza despacio, traccionado por ese ritmo animal de la masa de cuerpos en el punto casi inmóvil de su marcha. Ahora habla poco. Recuerdo que en la clase afirmaba con vehemencia: “En las sociedades modernas, según Weber, el único ámbito de formación de los sujetos por fuera de la burocracia es la competencia”. Casi inmóviles, en la calle, aparece además algo detenido en él, algo que se frena a sí mismo, como un sentido extra que capta y congela las cosas a su alrededor, una nube que advierte y procesa información.

Seguimos un poco más y se distrae. Mira con insistencia unas remeras desplegadas en la calle con la cara de Cristina, de Néstor, de Maradona, del Che y, al menos, media docena más de líderes populares que condensan con nombre y carisma este momento histórico. El vendedor tiene unos anteojos de sol glamorosos —felinos—, una remera de los descamisados de Evita y toma mate en un termo autocebante con los colores de Boca. En la breve reclamación gestual que se produce entre ambos, Ferreyra parece estar más comunicado que en muchos otros momentos donde lo que hay es un protocolo que pareciera guiarlo para cauterizar una cesura, una extranjería con su entorno.

Pero en realidad la extranjería es un estado (un Estado) de lectura para Ferreyra; no una distancia. Se mantiene en silencio y cruza los brazos por delante agarrándose los codos. Y ahora sí, se detiene por completo en mitad de la avenida. Es claro que está viendo algo —la vidriera de una librería, una consigna, un tumulto, quién sabe— mientras queda extrañamente aislado del resto de los cuerpos a su alrededor. La marcha se comprime, sube de volumen, se hace más intensa y a la vez lo deja intacto; él queda como un testigo, como una semilla sola. Y lo que ve de pie en mitad de la avenida pareciera estar frente a él pero no más adelante sino acá, operando de modo férreo y callado. Otra versión de ese humo que se cuela entre las cosas, una materia equívoca que confunde lo real y lo transforma. Nos confesamos más adelante con Federico la ansiedad que nos generó tratar de entender lo que él veía; apresar, en definitiva, el mito que cifra en un gesto, en un momento preciso, la verdad de un escritor.

Pasaron ya meses de ese momento, y lo que queda —pienso ahora— es el poder en la demanda de ese gesto y esa demora. Queda, también, el rastro de un vacío que se abre y que es ya una especie de reflexión, un filo. Y todo por parálisis más que por indagación, como la entrega del cuerpo al tiempo que implica una marcha de todo un día sin avance y sin espera.

Varias horas antes, en la esquina en la que nos encontramos con Ferreyra y Estela, Federico y yo le habíamos preguntado por un lugar de la ciudad que tuviera para él un valor vinculado a un acontecimiento político. “Acá mismo”, había dicho frente al McDonald’s que mira al Obelisco cuya fachada, ese día, terminaba con un zócalo de policías. Pero el “acá” lo pronunció mirando las baldosas sobre las que estaba parado. Había un Trust Joyero. El 14 de junio de 1982 llamé a un amigo y nos apostamos en esa esquina y armamos una especie de trinchera con unos de no sé qué organización eran —y agregó señalando con la cabeza el límite entre la vereda y la calle—: “No estaban estas rejas, había unos macetones”.

La derrota en Malvinas debía acelerar la caída del gobierno militar. Aún piensa que ese periodo hasta octubre de 1983 podría haberse evitado. Y volverá sobre esos meses en varias charlas, un tiempo que, dice, no se aprovechó para correr a los milicos, un tiempo de cobardía. Y de lo que ya está hablando Ferreyra es de una de sus mayores insistencias, esa obsesión, esa fuerza opaca, corroída y entumecida que sobrevive a todo: el argentinito.

 

En el fondo de gran parte de los argentinos hay un campesino europeo siempre dispuesto a resignarse

Sobre el comienzo de la tarde llegamos a Plaza de Mayo, caminamos un poco más en silencio hacia la izquierda, y me alejo de Ferreyra y de Federico, que retoman algunos comentarios que voy progresivamente dejando de oír —Hablar y arrepentirse eran una sola cosa. (El director)— y pienso en que hoy abandonamos el estuche burgués, como decía Christian Ferrer en sus clases, y en que acá nos sostenemos, apáticos a cualquier almuerzo, silla, bebida, parados durante horas en la aglomeración de cosas y personas por un motivo sencillo: ¿No es el perfecto idiota útil el tipo que está en la cocina de su casa moviendo el dial de aquí para allá lleno de miedo o de esperanzas? (El director).

A través de las zonas menos consistentes del humo, en los vacíos móviles de eso que llamamos lo visible, veo una columna. Seguimos de pie, en esos días donde en el sol hace calor y en la sombra, frío, ellos hablan de las dificultades del griego y del latín. Y hablan de eso cerca de la Catedral porque Piquito —esa efusiva entidad publicada en 2009 como Piquito de oro que destiló una lava en la que se mezclaban sus propios desvaríos con los acontecimientos de la sociedad argentina post 2001—, ahora, y de manera inédita, es decir, esperando su publicación, está en la cárcel, tiene un grupo de acólitos y canta en latín. Ferreyra hace un gesto pícaro cuando expone la evolución mesiánica de este personaje que ha necesitado de una tetralogía para agotarse, como si esa evolución fuera un secreto guardado a medias, un tesoro valioso e indigno a un tiempo. Lo édito es la verborragia autolacerante de Piquito en pijama —un piquito de oro que ha enmudecido, un pichonazo sin vuelo. (Piquito de oro)—, cuyas principales herramientas son un onanismo y un anegamiento en el delirio que lo sumergen cada vez más en sí mismo y en una versión de la realidad que se confirma en la incongruencia con que esta se presenta.

“Me he ido acercando a las realidades más inmediatas”, recapitulaba Ferreyra hace un tiempo, y ese acercamiento responde a un intento de mostrar la materia de lo público ligada estructuralmente a la arcilla de la locura. Ya no el barro de la historia, sino la densidad estática de una realidad en el colmo del subjetivismo, formada por la acumulación de mentes aisladísimas. Así, el realismo más que desbordado se pierde a manos de sus personajes (porque no solo Piquito, sino Riste, Marcos o Adolfo, por ejemplo, protagonistas de otras novelas suyas, comparten esta operación en la que el pensamiento se muerde la cola como un perro de interior). Es cierto, quedan algunos rastros de la realidad perdida, pero, o bien carecen de fuerza y verosimilitud o sencillamente encarnan el modo en que lo social se hace alienación individual.

Pero, incluso el desencanto, pienso, alcanza su límite, y mientras tengo a mi lado a Ferreyra riendo a propósito de sus magros conocimientos de latín recuerdo un fragmento de Piquito que toca sin vueltas eso que también es lo real y no está alienado, eso que por su valor de verdad se clava y remueve y reactiva: ¿Qué es lo que regresa cuando Santillán vuelve sobre sus pasos para auxiliar a Kosteki? ¿Existe algo que haya retornado junto con esos pasos con los que Santillán retorna hacia el compañero caído? Santillán vuelve a pesar de los tiros y el pánico, ¿y qué retorna con él? Me lo he preguntado hasta hoy. Los giros en la historia siempre son retornos. Y Santillán retorna. Contra todo pronóstico.

Nos lleva hacia la zona de sol. El humo es blanco. Hay algo infantil, risueño, de una inteligencia tímida y frágil en sus reacciones, pero feroz en la intimidad de la escritura manuscrita que practica a diario. Está claro que sabe estar de pie por horas, está relajado, casi resignado. Se nota su trato con la historia en esa aquiescencia corporal que forma con su mujer Estela. Y mientras intentamos escapar del frío que proyectan las paredes de la Catedral pienso en el haz de sombra que proyectan las mentes de todos sus personajes, voces que buscan detonar lo que parece estar muerto, o, mejor, voces que buscan el lado ciego de las cosas. Son voces que suenan en un terreno desértico plagado a la vez de seres parapolitizados, demenciados e incomunicados que conforman un paisaje asfixiante.

Un ventoso septiembre de 2013, Ferreyra describe de manera más teórica algo de ese paisaje, y habla del “anarquismo conservador no colectivista de Borges”, una condición de natural rechazo al Estado que expone paciente y seguro en una charla sobre literatura y política en el marco del Festival Internacional de Literatura en Buenos Aires (FILBA). Espera su turno para hablar y cuando le toca le devuelve al auditorio la imagen de un mundo sin Estado, de la vida como una huida de la ley hacia los hogares y, en ellos, la fuerza que todavía tiene el arado del campesino europeo, firme aún bajo la cama del argentinito. Habla también de contenidos antiestatales llegados con el anarquismo de los barcos, pero vaciados por completo de su valor revolucionario. Y lo dice de manera inapelable y fresca. No hay desgaste de las palabras ni de la voluntad.

De hecho, las palabras, el deseo, la voluntad y la violencia tienen su propio hábitat. La insistencia de aquel día sobre Thomas Mann, Trotski, Borges, la decadencia del mundo burgués y una transición hacia algo que no nace provienen de un interior, de una práctica en el hogar: todas las mañanas, Ferreyra se hunde en aquello que se niega a nacer, lo chucea, y para eso se recuesta en una especie de diván muy ascético, en un ambiente que fue un lavadero, flanqueado por un escritorio casi vacío —en el que hay una piedra y una computadora casi siempre apagada— y por una ventana que da a una vista rasante de Villa Urquiza, y escribe. Ferreyra se recuesta ahí y abraza ese sustrato políticamente zombi, va hacia él. Ejerce, todas las mañanas, el valor de dejarse ir. Y el lugar hacia el que se desliza es siempre hacia abajo, hacia un modo del atrás. Cae y escribe parejamente, por ejemplo, cómo hacer una molotov: Mezclé nafta y kerosene casi por mitades en una botella de vidrio, corté un pedazo de tela de unos tres centímetros de ancho y medio metro de largo para la mecha, metí gran parte de la tela en la botella y dejé que se impregnara bien, luego metí el corcho muy, muy apretado, dejando unos seis, siete centímetros de tela afuera de la botella. La tela estaba húmeda por el combustible pero no chorreaba. Supuse que era lo que se necesitaba. La botella por fuera estaba bien seca. Yo le pasé un trapo varias veces para asegurarme.

Me pregunto qué otras cosas necesitaremos en términos ferreyranos.

(…)

El artículo entero puede leerse en el número 2 de El Ansia. Comprar la revista aquí.