Once verbos y algunas reincidencias

Por Ariel Dilon

Para un Retrato de Mariana D como traductora

Un traductor se piensa en el otro, y desde el otro. Exponerse y espejarse. La trampa realista. Megalomanías, clasificaciones, encuentros, alienaciones. Arqueología familiar, la lengua como un viaje. Y por supuesto, el fantasma de la traición.

 

CORRESPONDER. Me iba de viaje, y al volver nos quedaría poco tiempo para mantener, como habría sido ideal, una serie de entrevistas a las que luego habría que encontrarles una forma que –asumía yo– estaría más cerca del contrapunto entre colegas que del reportaje.

Entonces le hice una propuesta en dos tiempos. El primero consistiría en intercambiar, vía mail, ideas, experiencias, intuiciones sobre nuestras tareas como traductores. Aunque fuera de manera errática y fragmentaria, cada tantos días o cada vez que apareciera esa reflexión, por ejemplo, en el curso de una jornada de trabajo como las que seguramente teníamos, en ese momento, los dos. La segunda parte sería un encuentro cara a cara, a mi vuelta, a mediados de diciembre, para charlar a partir de lo que esa correspondencia previa nos hubiera dejado entre las manos. “Es un formato de encuentro”, le escribí a mediados de agosto de 2015, “que podría unir lo útil –al ir haciendo acopio de ideas sin interrumpir nuestras urgencias cotidianas– a lo agradable de dar voz, quizás, a esa especie de subconsciente del traductor, la voz propia que va guiando los movimientos (lingüísticos, intelectuales, emocionales, epistemológicos por así decir) mediante los cuales uno intenta re-construir la voz de otro. Y este mail, que empecé sin saber qué iba a decirte, podría ser el primer envión de ese intercambio.”

Me respondió al día siguiente: “Por mi lado, estoy en un momento casi de arrebato de tanta libertad: sin traducir nada. Así que quizá las inquietudes y reflexiones queden de tu lado en una primera instancia, a lo que yo podría ir respondiendo. O quizá se te ocurre alguna pregunta en especial como para el primer puntapié. Estoy libre, te decía, pero vengo de una traducción terrible (no le cabe otro adjetivo). De enero a julio estuve traduciendo un libro de Heidegger, unas clases sobre Schelling que dio en 1936. Para eso, hubo que estudiar bastante, porque era la primera vez que traducía a ese autor. Hacia delante me espera: una biografía de Susan Sontag y unas clases de Adorno para el año que viene (precisamente sobre Heidegger). En el medio –de ahí la pausa– escribo un libro de ensayo que me encargaron. Pero mi relación con la traducción también se volvió académica, porque doy clases en Puán de algo con un nombre horrible: traductología. En realidad, trato de pensar si se puede hacer una teoría de la traducción que no sea algo puramente lingüístico”.

Esa respuesta de Mariana D fue el golpe de diapasón de lo que iba a ser en cierto modo un amable desencuentro. La sincronía nunca se produjo: cuando yo traducía tantas horas diarias que no encontraba un minuto para formular ni reflexiones ni preguntas, ella gozaba de ese “arrebato de libertad” que consiste en estar sin traducir; cuando ella volvió al oficio del pasaje de lengua yo tenía que aprovechar mi excepcional, ansiado, acotado, sagrado momento de escritura en virtud de una beca; cuando tal vez habríamos podido intercambiar más fecundamente, porque yo retomé, todavía en el norte de Francia y dividiendo mis días, mi interrumpida traducción de Dixon, la concentración que había sido tan fructífera durante un mes y medio voló de repente en pedazos con las noticias que llegaban –como una marea de espanto por un lado, y como el déjà vu de una increíble auto-castración política, por otro– desde París y la Argentina respectivamente.

Pero la correspondencia no se interrumpió, aun en su discontinuidad o en su discordancia. Cada tanto, uno de los dos se aparecía por la pantalla del otro con un mensaje corto o largo, dando a entender que no se había retirado de este diálogo, del que faltarán para siempre, aquí, las impresiones del otro lado: no sé qué efecto pudo haberle causado a ella lo poco que yo dije sobre mi traducción. Pero retengo dos o tres entradas suyas que marcaron mis intervenciones y mis esperas.

 

 

COMPARAR. La primera de esas marcas se produjo cuando, después de muchos días de silencio, sentí que tenía que relanzar nuestra correspondencia. Con mis más años que los suyos y mis más libros traducidos a cuestas, descubrí muy pronto que me había expuesto un poco demasiado al plantear, desde la práctica y poetizándola quizá en exceso, una cuestión que su respuesta me devolvía en un espejo teórico más informado.

Escribí: “Así, sin preámbulos. A la mañana leía las dos o tres páginas de la novela de Dixon que planeo traducir esta tarde. Podía oír perfectamente en mi cabeza –pero sin oírlas, al mismo tiempo, quiero decir, sin abandonar la lengua de origen del murmullo para mí mismo– las voces que tendrían, en la lengua de destino, los personajes, así como la línea del narrador (mucha coloquialidad, narrador invisible, pura humanidad a vista y paciencia). Y me dije: entonces, cuando traduzco, ¿traduzco a mi propia lengua, o a una lengua que es ambas lenguas a la vez, la de origen y la de destino? Porque realmente no me gustaría para nada que estos personajes dejaran de sonar típicamente norteamericanos, no me gustaría desnaturalizarlos al naturalizar en exceso. ¿Es como si al traducir, cada vez, uno inventara una tercera lengua? (Y al escribir, ¿qué pasa si a uno esa lengua se le pega? Pero esto es un problema secundario, que no quiero que nos saque por ahora de la huella de nuestro asunto)” (12/11/2015).

La respuesta de Mariana D, el mismo día, me dejó preguntándome si no me haría falta un poco más de traductología. Quiero decir: yo creo que hago las cosas bien, pero mi reflexión sobre ellas me parece, comparada con la suya, bastante ingenua.

“Bueno, eso de la tercera lengua está discutido” –escribió– “y se llegó a diversas conclusiones; yo lo resuelvo en mi cabeza defendiendo la idea de que la traducción es un género (literario) por sí mismo” –sobre esto hará, más adelante, en nuestra charla de bar, una distinción categórica–, “y en este sentido puede ‘vivir’ entre el original norteamericano, en este caso, y la escritura local (propia o no propia) de ficción. Pero como lengua, diría que juega la ley del tercero excluido, no es posible. Porque si buscamos un tercero, ponemos en riesgo la identidad del inglés consigo mismo y del castellano consigo mismo y multiplicamos todas estas posibilidades al infinito. La otra opción es la de la lengua de origen, única y subyacente a las otras lenguas ‘terrenales’ y traducibles, pero a mí no me convence la mística del lenguaje.”

Me tocó el orgullo al hablar de lenguas ‘terrenales’, como si yo hubiera sugerido la existencia de una lengua subyacente, ideal, platónica; no era eso, pero ¿qué era?; a veces me oigo, en mi cabeza, y no todo está en lenguas, no todo es audible, y sin embargo me oigo pensar: no es una lengua supra-terrenal, ni subconsciente (¿sub-lingüística?), es más como una taquigrafía mental.

“Creo que todos los que traducimos”, seguía el mensaje, “estamos en la vieja trampa realista, aunque estemos traduciendo ciencia ficción o lo que sea: buscamos un ‘efecto’ de realidad, norteamericana pongamos en este caso, pero es un artificio el método por el que lo logramos, así como es un magnífico artificio la realidad de Madame Bovary, ¿no? O al menos eso es lo que nos enseñaron Barthes y compañía. Y creo que es lo mismo a lo que vos te referías con la naturaleza desnaturalizada. Por cierto, ya que estás en Francia y por si te interesa: estoy comprándome este libro, que parece maravilloso, a un precio razonable, usado, en Canadá:

 

[Y copió, allí, el vínculo a la página de Amazon. Anoto –piece of evidence, pièce de conviction– el título de la obra: La Bataille du grec à la renaissance, de Jean-Christophe Saladin.]1

 

Otro día –segunda marca– llegó su descripción de las “dificultades y preguntas” con las que se topó traduciendo a Heidegger. Debo admitir que me dejó inquieto y algo perplejo la manera en que aseguró cada cuerda de la nave antes de izar las velas y largarse a navegar entre dos lenguas: preparativos de viaje inconmensurables –e impagables– que un traductor debe hacer y casi nunca hace, en el mundo real, sencillamente porque no tiene tiempo. De su mail del 2 de diciembre:

 

“Te había dicho que, a falta de reflexiones estrictamente actuales sobre una traducción de este momento, te podía contar algo de la que hice a principios de año. Lo primero es que, al tratarse de un libro de filosofía, había que armarse un plan de estudio. Como no era EL libro del autor (Heidegger) sino un libro ‘secundario’, había que tener leídos los más importantes, y yo tenía realmente leídos solo los textos más tardíos. Eso hice todas las mañanas muy temprano en diciembre y enero, tomando apuntes. Cuánto me sirvió para la traducción misma, no lo sé. Creo que solo con el avance del trabajo me di cuenta de que los problemas puramente terminológicos de estas clases sobre Schelling que me tocaba traducir (de 1936) respondían a un estadio intermedio del autor, entre Ser y tiempo y lo que vino después. Así que al principio me dejé guiar mucho por cómo resolvían los traductores de Ser y tiempo ciertos términos, que más adelante tuve que modificar. No era incorrecto, pero era poco preciso.

“En toda su importancia, esta dificultad apareció solo al final. Uno está acostumbrado a modificar soluciones en la traducción de los conceptos con el avance, con las correcciones y con el estudio de los otros traductores, pero con Heidegger pasaba algo distinto. Él mismo pone en duda el uso estable, conceptual, de sus propios términos. De modo que, una vez entendidas estas transformaciones internas (las que pude descubrir), tuve que violar la ley primera de la traducción filosófica y usar sinónimos para aquello que no lo tiene, que es precisamente el concepto.

“Además, me di cuenta de que había una enorme deriva de términos de Heidegger en castellano, ante todo por la cantidad de gente de distintas procedencias que lo traduce. Uno de los ‘dramas’ con los que me encontré es no estar de acuerdo para nada con la mayoría de las decisiones de la única visible traductora argentina de Heidegger, Dina Picotti. Así que un segundo trabajo fue ir a buscarme un traductor que me gustase, que hubiese hecho textos de Heidegger menos importantes pero con mayor comprensión. Así encontré a Leyte y Cortés, dos traductores españoles excelentes. Ellos, sin saberlo, me ayudaron a entender procesos de interpretación y de decisión, aunque el término en sí mismo no fuera el que yo estaba buscando.

“Solo después pude enfrentarme con la traducción al castellano ya existente de este mismo libro que yo acababa de traducir, y evaluar mi trabajo con el que había hecho un excelente traductor venezolano en los años setenta u ochenta.

“Así que fue un trabajo enorme, tan grande que puso en duda mi voluntad de seguir haciendo este tipo de traducciones. Si uno las encara, es porque además de traducir quiere estudiar, pero ante todo dar algo que valga mínimamente la pena. Y sin embargo, finalmente la sensación no es más que: hice, con toda la seriedad de la que soy capaz, sencillamente lo que pude. Uno se vuelve –o debería volverse– muy humilde en estas cosas.”

Extrapolo, de la charla en el bar, esta confesión posterior: “Uno se siente todo el tiempo por encima de sus fuerzas: ‘esto me queda grande, esto me queda grande’. Hay en eso un costado megalómano, también, ¿no?”.

(…)

El artículo entero puede leerse en el número 3 de El Ansia. Comprar la revista aquí.