La gran bestia pop

Por Lucas Adur

Miradas sobre una obra en curso. Un territorio salvaje, el Cercano Oeste del conurbano bonaerense, donde los monstruos sobrenaturales conviven con los policías corruptos y los delincuentes heroicos. Una poética de la mezcla, que cruza la sintaxis del barrio con los guiños al cine hollywoodense. Un recorrido por la obra de un narrador bestial.

Oyola-x-Mica-Hernandez

 

 

Mi héroe es…

 

Si pudiera ser tu héroe,

si pudiera ser tu dios

que salvarte a ti mil veces

puede ser mi salvación

“Héroe” – Enrique Iglesias

 

Las novelas de Oyola, ya se ha dicho, muchas veces coquetean con el western. No solo por las innumerables alusiones —los títulos de los capítulos de Hacé que la noche venga y casi todos los epígrafes de sus libros remiten a películas y series clásicas del género— sino por la presencia de un motivo central, el duelo, que aparece en varias de sus ficciones. Desde la pelea a espada limpia entre el Tigre y el inspector Vals al final de Siete & el Tigre Harapiento (2005) hasta el mano a mano entre Jesús y el Diablo con el que culmina Cruz Diablo (2012), pasando por la escena de Hacé que la noche venga (2008) en la que los dos ingenieros —el bueno y el malo— se miden para ver quién desenfunda más rápido, podemos afirmar que el duelo —el enfrentamiento a vida o muerte entre dos personajes— es un elemento que estructura buena parte de la narrativa de Oyola.

A través de estas ficciones duelísticas, el autor va construyendo una épica del Cercano Oeste: no el de la frontera norteamericana, sino el del Gran Buenos Aires. “Wild wild west”, declara Manzotti hacia el final de Hacé que la noche venga: territorio de forajidos, como los pibes de Scasso o la banda de Nafta Súper, donde la presencia del Estado es endeble e impera la ley del revólver (Noche). La justicia se hace por mano propia, y las venganzas pueden desatar cataratas de sangre.

El duelo, en el western clásico, el de las películas en blanco y negro, define héroes y villanos. En las novelas de Oyola, aparecen otros colores y las cosas no quedan tan claras. Los villanos proliferan, es cierto: desde monstruos sobrenaturales como el Güesudo (Bolonqui) o el Supay (Sacrificio), hasta otros más terrenales como los policías corruptos o los empresarios inescrupulosos (Siete, Kryptonita) pasando por interesantes combinaciones como la Marabunta, la villana de Santería y Sacrificio, una escort veterana que tiene contactos con la dictadura y sicarios a sueldo, pero también poderes mágicos y un origen demoníaco. Los héroes, en cambio, son más difíciles de identificar. Que los hay, los hay, aunque a veces lo son a pesar de sí mismos: imperfectos, ambiguos, antiheroicos.

La complejidad para abordar la figura del héroe es un rasgo de la ficción oyoliana que puede encontrarse ya en su novela inaugural, Siete & el Tigre Harapiento. El que aparecía como héroe durante la mayor parte del relato —el inspector Vals— se revela al final como asesino y traidor; el sanguinario Tigre Harapiento, sin dejar de ser un matón electoral al servicio de Roca, parece ennoblecerse en el descenlace, al ser el único capaz de descubrir y liquidar al villano. De ahí en más, si bien tenemos algunos héroes más prototípicos, como Manzotti, que se bate a duelo para salvar a su chica y defender a los desamparados (Noche), o Arístides Gandolfi, el adolescente dispuesto a todo para salvar a su familia del Apocalipsis inminente (Bolonqui), la mayoría de los personajes caminan por un borde filoso, sin una posición clara en el superclásico entre el Bien y el Mal que tantas veces se juega en la obra de Oyola.

En Chamamé, su segunda novela, el escritor narra directamente desde la perspectiva de un criminal: el Perro Ovejero, que puede robar, secuestrar o asesinar a sangre fría sin demasiados problemas, pero con el que es difícil no empatizar en el transcurso de la lectura. El Perro es un tipo valiente y recto dentro de su propia ley, capaz de hazañas legendarias, sobre todo cuando está al volante. Como él mismo afirma sobre el Pastor Noé, uno llega al final de la historia sin saber si tiene ganas de meterle un tiro o invitarle un trago.

Pero si hablamos de héroes complicados, la novela ineludible es Kryptonita: allí Oyola toma a los más grandes arquetipos superheroicos de nuestro tiempo —Superman, Batman, La Mujer Maravilla, Flash, Linterna Verde— y los convierte en una banda de forajidos de La Matanza. Retomando una práctica ya tradicional en los comics, el Elseworld o What If, que juega a imaginar historias alternativas para los personajes clásicos en contextos o situaciones diversas, Oyola va mucho más lejos que la mayoría de los autores. No se trata simplemente —como sucede en muchas historietas— de imaginar a un Superman villano, que invierta los valores pero dejando que estos permanezcan absolutos, incontaminados. Se trata de algo mucho más revulsivo: Pini, el superhombre oyoliano, es a la vez un criminal y un héroe: pelea, mata —no siempre por necesidad—, roba, cobra por protección, se mete en el tráfico de drogas… Pero también es capaz de sacrificarse por los suyos, de dar la vida por defenderlos. El emblema del Bien —y de la cultura norteamericana— no aparece invertido sino manchado, sucio del humo del conurbano, al punto de que cuesta decidir de qué lado de la mecha se encuentra. La novela, construida a partir de un collage de voces —la del médico que atiende a Pini, pero también la de todos los miembros de su banda— deja una serie de testimonios sobre la vida del héroe, para que cada lector trate de armar el rompecabezas. No se trata de juzgar, sino de narrar, de contar una historia, donde lo que importa es la realidad de los personajes antes que su moral: “Cuéntenla como quieran. Que somos dioses, que somos hombres, que somos buenos, que somos malos… Pero que se entienda que no somos fantasía. Que somos realidad”. Contar la historia es el mandato que les deja el Faisán a los únicos testigos que quedan vivos, el Tordo y la enfermera. Los héroes, y esto lo sabe bien Oyola, no llegan a serlo sino a través del relato. Es la palabra la que “hace que algo exista en la memoria” (Noche) y la leyenda, “siempre más atractiva que la realidad” (Siete), la que convierte a un hombre en un héroe.

Es preciso destacar, también, una figura que en las novelas de Oyola recibe un tratamiento singularísimo, casi único en la narrativa argentina: el policía. Aparece por supuesto la corrupción policial, como un arco que atraviesa la historia patria, desde el comisario Astudillo a fines del siglo XIX (Siete) hasta la bonaerense que rodea el Hospital Paroissien en el comienzo del XXI (Kryptonita). Pero el policía corrupto es un estereotipo que, tristemente, no es difícil de encontrar en otras novelas, películas o en la mera realidad. Toda sociedad, decía Pasolini, odia a sus propios verdugos. Quizá por eso en la ficción contemporánea están casi siempre vistos desde lejos, sin profundizar demasiado en sus motivaciones y conductas. Oyola es capaz de acercar la cámara, poner en plano a los policías y convertirlos en personajes con carnadura. Entonces la cosa se pone espesa, pero más interesante. Los canas de Oyola, en los mejores casos, no son (solamente) unos hijos de puta.

Gólgota está narrada desde la perspectiva de Lagarto Farías, un oficial de la bonaerense. Es, en este sentido, algo así como la contracara de Chamamé: otra historia de ajuste de cuentas, esta vez contada desde la policía. Lagarto es un tipo con muchos años en la fuerza, que sabe cuáles son los límites, con qué y quiénes no hay que meterse. Le falta poco para jubilarse e intenta hacer las cosas bien, evitar peleas y quilombos. Pero queda atrapado en una historia de venganzas cruzadas, que termina con la muerte de su compañero, Román “Calavera” Centurión, secuestrado, torturado y asesinado en un baldío. Vengar al compañero caído, aunque eso signifique desatar una guerra sin cuartel con los Pibes de Scasso, puede aparecer —en el mundo que plantea la novela— casi como una deuda de honor. Pero, ¿qué pasa cuando el asesino es un nene de doce años, el hijo del dealer al que Centurión había fusilado? Un “perejil”, un “pagote”, dice Oyola, al que los mismos que lo alentaron terminan por entregar para que su sacrificio restablezca la paz armada entre la Bonaerense y los Pibes de Scasso. Lagarto —después de meditarlo un rato y pasar por el bar a juntar coraje—, liquida al chico. Sabor amargo, para el propio narrador y para los lectores, a quienes cabe, finalmente, el juicio sobre un personaje que desnuda sus motivos y recelos, al que podemos simultáneamente comprender y condenar.

Aguirre, otro de los policías de Oyola, personaje central de Santería y Sacrificio, devoto —como Lagarto— de San Jorge, “el santo de los caballeros y el caballero de los santos”, nos es presentado desde la perspectiva de Fátima, que lo quiere como a un padre. A lo largo de la primera novela y buena parte de la segunda, Aguirre parece una figura excepcional: un policía bueno, respetado incluso por los pibes de Puerto Apache y dispuesto a dar su vida para defender a los suyos. Oyola se ocupa de diferenciarlo de otros canas, e incluso crearle una suerte de Némesis en Herrera, oficial de otra escuela, que escolta a la Marabunta. Pero el mismo Aguirre confiesa que tiene “muertos en el ropero”, vinculados a algo que pasó durante la dictadura. No llegamos a descubrir la historia completa —para eso hay que esperar que se publique Aquelarre, la continuación de la saga de la Víbora Blanca—, pero queda suficientemente claro que también Aguirre —para decirlo con las palabras del Faisán en Kryptonita— “tiene el culo sucio”. Algunos policías en Oyola son, entonces, de un linaje similar al del Tigre Harapiento, el Perro Ovejero o Nafta Súper: tipos jodidos, violentos, asesinos, pero valientes y capaces de actos desesperadamente heroicos.

¿Qué es, entonces, ser un héroe en las novelas de Oyola? Podemos responder: actuar de acuerdo al código, esa ley no escrita pero ineludible que rige a ciertas comunidades. Es la ética del western: A man’s got to do what a man’s got to do, o como traduce Lagarto: “Se tiene que hacer lo que se tiene que hacer” (Gólgota). Y lo que se tiene que hacer, lo que define a los héroes de Oyola, es cuidar a los suyos, responder por ellos. En eso consisten “los diez mandamientos de buen chorro” (Chamamé) que rigen la vida de Ovejero: no traicionar, no abandonar al compañero ni a la familia. Esas son las cosas sagradas que enumera Manzotti: la chica, la palabra, el honor de un hombre, los compañeros explotados (Noche). Y es el aguante que la banda le hace a Nafta Súper, o Danielín, Emoushon y Aguirre a la Víbora Blanca, aun ante la inminencia de la muerte. Como dice Ráfaga en Kryptonita: “Primero fuimos amigos. Después una banda. Ahora somos familia. Y vamos a morir así: como una familia”.

El grupo de pertenencia, esté de un lado o del otro de la ley, define sus propias leyes: las cosas que tienen que hacerse y las que no se hacen. Las que son sagradas y que justifican incluso dar la vida. Aunque muchos sean tipos solitarios —por opción o por destino—, los héroes de Oyola son —como quería Oesterheld— colectivos: parte de algo más grande, que los acoge y les da sentido. “Toda una contradicción —dirá Manzotti—: somos muchos los que estamos peleando solos”. Y, ganen o pierdan, lo que importa es eso, que “hay equipo” (Noche).

(…)

El artículo entero puede leerse en el número 3 de El Ansia. Comprar la revista aquí.