Reseña de Matías Bauso para La Agenda

Imaginar un oso

La muerte de Piglia nos hace pensar en la figura del lector, y en ese camino encontramos Con Borges, de Alberto Manguel, y la revista literaria El ansia.

 

Ya se han escrito todos los obituarios posibles sobre Ricardo Piglia. Queda su obra: no solo sus cuentos y novelas, sino, especialmente, sus escritos críticos, las entrevistas y los diarios (aunque falte todavía el tercer tomo). Acá, en esta isla de no ficción, nos podríamos centrar en su labor dentro de una figura por la que clamamos: la del editor. Está, por ejemplo, su trabajo en Tiempo Contemporáneo (en especial, la Serie Negra), en Jorge Álvarez (los prólogos-semblanzas que ahora compiló Tenemos las Máquinas en el encantador Escritores Norteamericanos) y en la Serie del Recienvenido en el Fondo de Cultura Económica en la que constituyó un pequeño catálogo invencible con rescates de la literatura argentina de las últimas cuatro décadas del Siglo XX (Molloy, Di Paola, Basualdo, Soares, Constante, Feiling).

Pero vale detenerse en una de las condiciones básicas para ejercer alguno de esos tres oficios (escritor, crítico y editor), emparentados pero diferentes, en los que Piglia se desempeñó. La condición de lector. Juan Forn contó que apenas sacó su primera novela, siendo un autor desconocido, vio entrar a Piglia en una librería con una pila de libros que iba depositando, cada uno en su lugar, en la mesa de novedades. Le explicaron que se llevaba novedades, las leía vorazmente y las devolvía. Y que, en algún momento, se había llevado la novela de Forn. Cuando éste se acercó al escritor consagrado y se presentó, Piglia le respondió: “Ah, sí, el de la novelita salingeriana. Fijate que a un mismo personaje le pusiste dos nombres distintos”. Ese detalle, que se le había escapado al autor y a toda la cadena de edición industrial, había sido evidente para el gran lector.

Su relación física con los libros puede ser entendida a través de una entrada del segundo tomo de Los diarios de Emilio Renzi, y de paso responde a todos aquellos que al entrar a una casa y ver una biblioteca nutrida preguntan: “¿Leíste todos?”. “Rápidas ráfagas de imágenes con los libros que he perdido en mis mudanzas, en ‘mis separaciones’, y a la vez los libros que necesito tener hoy mismo en esta mesa y que están -digamos- en el escritorio de Jorge Álvarez o en la casa de León o en alguna librería que no conozco. Siempre habrá nuevos (y viejos) libros para leer, pero siempre habrá un libro que busco y no consigo. Mi ilusión es tener todos los libros a mano para usarlos cuando una necesidad práctica lo exija, elegirlos cuando mi lectura sea apropiada y esté disponible para ese libro y no otro. Por lo tanto mi biblioteca y los libros que compro no son para leerlos ahora, sino para una lectura futura que yo imagino encontrará su lugar en un volumen que he comprado años antes”. La pesadilla de Marie Kondo y de mi esposa.

Piglia tenía (o sufría) una pulsión por la lectura. Aluvional, constante, inmanejable, noble. En El último lector, Ricardo Piglia da una clave de su condición de lector. Parece estar hablando de él. Nos habla del “lector puro”, el adicto, el que no puede dejar de leer. Ese para el que la lectura no es “solo una práctica, sino una forma de vida”.

Una apasionada forma de vida.

Con Borges, de Alberto Manguel (Siglo Veintiuno Editores)

Sigamos un poco más con Piglia. La primera escena de El último lector es una imagen: la descripción de una fotografía de Borges en la Biblioteca Nacional de la calle México, mientras era su director, con un libro pegado a su cara intentando descifrar las letras que ya no ve. Borges, el lector de páginas que sus ojos ya no veían, acudía a jóvenes, alumnos y amigos para que le leyeran. Uno de esos lectores, entre 1964 y 1968, fue Alberto Manguel, el actual director de la Biblioteca Nacional.

Con Borges es una especie de memoir, ese género anglosajón en el que el autor recuerda algún aspecto o suceso de su vida. Manguel aprovecha esa relación para realizar una semblanza del escritor paseando someramente por diversos aspectos de su obra y de su vida. El texto toma vuelo en aquellos párrafos en los que el autor se restringe a recordar sus días de lector junto a Borges. Sus paseos por la ciudad, las idas al cine para ver Amor sin barreras, la descripción exacta del departamento de Maipú y de su quieta vida cotidiana, con la voz (o el fantasma) de Doña Leonor rigiendo la casa desde su habitación.

En un pasaje excepcional, Manguel describe los libros del departamento. En el dormitorio de Borges, dos muebles bajos: en uno, la literatura anglosajona e islandesa; en el otro, poesía: Bach, Heine, San Juan de la Cruz, entre otros. En el living, descansaban las enciclopedias -siempre consultadas y en las que en la última página de cada tomo hacía anotar al ocasional lector la página de la referencia que le había interesado-, los diccionarios y sus autores fundamentales: Chesterton, Stevenson, Kipling, Wells y los muchos tomos de Gibbon. Sin embargo, Manguel, coleccionista pertinaz, bibliófilo empedernido, se sintió decepcionado ante el tamaño de la biblioteca; le sorprendía la escasa cantidad de libros que Borges tenía a su disposición en su casa, pensaba que al ingresar se tropezaría con las pilas dispersas por todos los rincones. Pero en especial, una ausencia le llamó la atención: no había ningún libro de Borges en toda la casa.

Conocía el lugar de cada libro. Borges se dirigía con decisión a buscarlos en su biblioteca, pasaba la mano por los lomos y tomaba siempre el que buscaba. Anota Manguel: “Puedo dar fe que entre el anciano bibliotecario y los libros existe un vínculo que las leyes de la fisiología tacharían de imposible”.

El estudiante secundario, al salir del Colegio Nacional, trabajaba por la tarde en la librería anglo-alemana Pygmalion. Allí conoció a Borges, cliente habitual y ya personaje legendario de la ciudad, y se convirtió en uno de sus lectores. Comenzaron por Kipling; Henry James fue la última lectura. Manguel nos cuenta del Borges cotidiano, aquel que en una mínima capilla sajona era capaz de recitar el padrenuestro en inglés antiguo “para darle una sorpresita a Dios”, o que ante un autor novel, que se presenta en su casa con toda pompa y escaso pudor para leerle un cuento de su propia cosecha, no para de mofarse sutilmente de él. Un Borges cotidiano, frágil y con humor.

Cada tanto en el breve texto se intercalan párrafos, diferenciados por la tipografía, extractados -supone el lector- de ese diario juvenil que su tía, devota de Borges, le encomendó llevar para que el tiempo no se llevara esas imágenes. Esos párrafos son un hallazgo y compensan largamente aquellas secciones pensadas para un público extranjero sin mayor conocimiento del contexto borgiano, como la página dedicada a explicar a Macedonio, que parece extractada de Macedonio for dummies.

Manguel hace otro aporte no menor. Nos informa que en esas noches que Bioy recrea en el espléndido Borges, que en esas veladas en las que “Come en casa Borges”, la comida era “horrible (verdura hervida y de postre, unas cucharadas de dulce de leche)”. Manguel presencia como Borges prepara sus conferencias. Memoriza párrafo por párrafo, los repite infinitamente, con los balbuceos y las vacilaciones que luego remedaría ante el público. Ensayaba hasta la pausa, el silencio previo a la aparente búsqueda (Borges hubiera dicho busca) de la palabra perfecta. Y descubrimos, encantados, que las caminatas de Borges tenían la cadencia de la conversación, que en los momentos en que arribaba a una conclusión o citaba un verso especialmente bello o recreaba una historia con un detalle épico que, invariablemente, humedecería sus ojos, Borges se detenía para que su interlocutor no se perdiera nada.

La primera edición en español de este pequeño libro es de 2003. En ese entonces fue publicado por Norma. Esta edición de Siglo Veintiuno mantiene la excelente traducción de Eduardo Berti y solo incorpora un prólogo en el que el autor explica las condiciones de escritura del texto (cuándo le fue propuesta la escritura del libro, la colección original que integraba en Francia) y naturalmente se detiene en el hecho de que ambos, autor y biografiado, ocuparon el puesto de director de la Biblioteca Nacional. Las ficciones de Alberto Manguel siempre me han resultado esquivas. Por el contrario, sus ensayos dedicados a la lectura, los escritores y las bibliotecas (La biblioteca de la noche, Una historia de la lectura, Diario de lecturas y en especial los ensayos de En el bosque del espejo) conjugan la erudición con una escritura tersa. Estos recuerdos del adolescente que se acerca a Borges integran esa tradición.

Si faltara algún argumento para encomendarse a la lectura de este libro, se puede decir que contiene una de las mejores promesas hechas jamás a un niño. Un día Borges le dijo a su sobrino: “Si te portás bien, te voy a dar permiso para que imaginés un oso”.

Con Borges es ante todo la biografía de un lector; en realidad, la biografía de EL lector. El mundo de Borges -también el de Manguel- estaba en los libros. Hablar de libros, leerlos y escribirlos. Lo demás era superfluo. Sabía -y lo dijo- que un libro siempre encierra la posibilidad de la dicha.

Revista El ansia, Número 3. (Director: José María Brindisi)

El ansia es un anacronismo. Un maravilloso anacronismo. Una revista literaria realizada con rigor, ideas, paciencia y gran prosa. Hace unos pocos meses salió su tercer número pero las páginas de la colección completa casi llegan al millar.

La idea puede parecer sencilla: tomar tres escritores argentinos vivos, pasar tiempo con ellos, conocerlos, escribir sobre sus hábitos, sobre su obra, sobre su entorno, publicar una breve antología de su trabajo y de sus influencias. Así lo explica su director, José María Brindisi, en el primer número: “Seguirlos (a los escritores), pensé, rodearlos, meternos en sus vidas no para revelar sus enigmas sino para ser partícipes de su silencio. Hacerlos hablar para que nunca den en el clavo, chocarnos con esa imposibilidad”. Cada texto tiene un enfoque peculiar, descubre o se sumerge en una dimensión desconocida o impensada de cada escritor escogido.

El ansia no es la típica revista literaria de capilla, de amistades no develadas al lector, de intereses ocultos. Cada escritor elegido se ha ganado su lugar. Ni siquiera -es el momento de decirlo- es una revista. Cada número es un libro de más de trescientas páginas, con cuidada diagramación, buenas fotos, imágenes de manuscritos originales o corregidos y muchísimo texto para leer. Su periodicidad es anual. En 2014 apareció el primer número dedicado a Marcelo Cohen, Hernán Ronsino y Alberto Laiseca. En 2015, el segundo, tuvo como protagonistas a Edgardo Cozarinsky, Luis Chitarroni y Gustavo Ferreyra. Unos meses atrás, el tercero, con un elenco más juvenil, menos central, algo ecléctico pero de igual interés: Martín Kohan, Mariana Dimópulos y Leonardo Oyola.

En éste volumen, Federico Goldchluk acompaña a Martín Kohan a su casa de la infancia, al territorio de su ingenuidad. El tema de conversación se da naturalmente: el fútbol, Boca, Gatti. Otra tarde lo acompaña en la procesión previa, cargada de un natural nerviosismo, a un partido definitorio de Defensores de Belgrano (su equipo del ascenso). En el medio, Kohan explica por qué trabaja en bares, el espacio del trabajo y otras facetas del oficio. Esa primera pieza es un perfil (de esos que algunos llaman “nuevo periodismo” pero que no es ni nuevo -tiene más de medio siglo- ni periodismo: tan solo buena escritura y un riguroso ejercicio de la mirada) que delinea con trazo firme y amable al escritor. Sin alharacas ni falsas construcciones ni una escritura que atente contra su objeto. El lector hasta obtiene como gratificación una teoría plausible sobre el motivo del uso permanente de ropa Adidas por parte de Kohan.

Luego sigue Edgardo Scott con una disección del espacio del humor en la obra del escritor, un artículo de Fermín Rodríguez y un extracto del análisis de Josefina Ludmer sobre las novelas históricas del autor. También está la transcripción de un muy divertido diálogo entre Kohan y Guillermo Piro en el que el fútbol vuelve a ganar protagonismo.

La segunda sección, dedicada a Mariana Dimópulos, constituye una grata sorpresa. Menos familiarizado con la obra de esta autora y con su poética, el acercamiento a ella es iluminador. Su introspección, los problemas de la traducción, una mujer que vive atrapada por su pasión, por su trabajo, magníficamente dibujada por la mirada de Mariana Lerner. Ariel Dillon hace una magnífica disección de la labor de Dimópulos como traductora, mientras Esther Cross se interna en los meandros de la amistad entre escritores.

La potencia de Oyola también es capturada. Una visita a un instituto de menores en el que leen Kryptonita, el análisis de una obra que está en construcción o la mirada de dos escritores consagrados o profesionales como Claudia Piñeiro y Juan Sasturain.

Hace quince días, cuando todavía no había decidido escribir sobre El ansia, hubo un hecho que me terminó de convencer. Tras la muerte de Laiseca, una maravillosa columna de Quintín hizo que tuviera ganas de leer más sobre el autor de Los Sorias. Luego de rebuscar en mi cada vez más desordenada biblioteca encontré el número 1 de El ansia y me senté a disfrutar las más de 120 páginas que le dedican. Un Diccionario Laisequiano bordado con perfección por Guido Herzovich que es la mejor puerta de ingreso al universo del autor. Un encuentro con sus discípulos más fieles, esos escritores formados en el mítico taller de Laiseca; un viaje al pueblo cordobés en el que pasó su infancia en compañía de Juan Guinot y Oyola, que muta en especie de viaje iniciático para los dos jóvenes; una conversación de Laiseca con Edgardo Scott y dos semblanzas firmadas por Selva Almada (discípula dilecta) y Miguel Vitagliano. Es decir, todo lo que usted siempre quiso saber sobre Laiseca y nunca se atrevió a preguntar.

El ansia ha logrado ingresar con solo tres números en el podio de las grandes revistas literarias argentinas. Integra una tradición más escueta de lo que se suele suponer. Lo hizo a fuerza de una ambición desmedida pero satisfecha en cada página, con originalidad y escapándole a los dos grandes virus que pudren estos proyectos: la endogamia y la pereza.

Fuente: http://laagenda.buenosaires.gob.ar/post/155662155540/imaginar-un-oso